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LA MACULADA CONCEPCIÓN DE LOS EBIONITAS

En el primer siglo de la Era Cristiana  (la “interna del Judaísmo” como llama mi amigo Humberto Rubín al Cristianismo) no tenía fronteras muy claras que separase ambas doctrinas. Un grupo de catecúmenos se refugió en Pella, a orillas del Jordán, cuando Tito sitió y destruyó Jerusalén en el año 70 d.C.

Esta secreta secta seguía acatando la Torah que es decir la Ley de Moisés, respetaba el sábado, se circuncidaba, creía que Cristo era el Mesías pero no que fuera Dios ni parte de Dios ni pariente de Dios ya que cualquiera de estas condiciones destruía el monoteísmo en el momento de aceptarse. Enseñaron que Dios había dividido el dominio del tiempo, he aquí el interés que cobra para nosotros que perseguimos esa idea; a Satanás le asignó el reino temporal y a Cristo, la eternidad. Se inspiraban en el texto original de Mateo escrito en arameo judeizante; repudiaban las leyendas acerca del nacimiento milagroso aceptando que Jesús era hijo de María con José o con un soldado romano y a partir de esa concepción la humanización de la Segunda Persona quedaba conforme a sus ideales. Si alguien les objetaba que Cristo se llamaba “Hijo de Dios” aceptaban que Dios lo adoptó durante el bautismo pero perdió esa condición en el momento de morir en la cruz. Rechazaban los tres evangelios restantes y detestaban al apóstol Pablo por ser apóstata, y no aceptaban la resurrección ni las promesas de vida perdurable. Por la pobreza de su doctrina Ireneo de Lyon, discípulo de Policarpo, discípulo del apóstol Juan los llamó “ebiones” que significa pobres. No se destacó ningún heresiarca en sus filas y para el siglo V d. C., no había noticias de ellos. [1]   

EL APELLIDO DE  JESÚS

Resulta interesante esta división divina entre el imperio del tiempo y el de la eternidad; ¿será que para los ebionitas Dios leyó a Platón, que distingue ambas cosas? Satanás, en razón de su dominio le ofrece el poder temporal a Jesús cuando está orando en el huerto. ¿Para qué aceptar la corrupción del tiempo si tenía en su poder la eternidad inmutable? Es sabido que Jesús lo rechazó. El cauto evangelista no dice por qué; nosotros que ahora sabemos lo que enseñaron los ebionitas podemos sospechar la causa del rechazo.

En el siglo II d. C. el médico Celso escribió un opúsculo “Discurso Veraz contra los Cristianos” en el que usa varios argumentos para sembrar sospechas en cuanto a la divinidad de Jesús; una de ellas es el nacimiento virginal que impugna aseverando que era hijo de un soldado romano llamado Pandera y el nombre civil de la Segunda Persona era “Jesús ben Pandera”. Nunca hubiésemos tenido noticias del Discurso Veraz (que se perdió) si el furibundo Orígenes de Alejandría no hubiese respondido escribiendo el alegato cristiano “Contra Celso”[2] en el que reproduce párrafos íntegros del escrito que combate. Por él sabemos que algunas de las objeciones de Celso son agudas y dejan en penumbras las respuestas. No olvidemos que Celso jamás negó la existencia real de Jesús, puso en duda su divinidad. Criticó a los seguidores de repetir constantemente que Cristo murió para cumplir profecías del A.T. y no ve milagro alguno en este hecho de obedecer escritos más antiguos como quien continúa la escritura de un acta y debe ajustarse a los ítems ya asentados. Segundo, si verdaderamente hubiese sido Dios, tendría que haberse salvado de una muerte infamante que en nada beneficia a Dios ni a los hombres, señaló. Y otra observación sutil: ¿Por qué no resucitó como murió, ante una multitud? Todos pudieron ver que era azotado, que arrastró la cruz, que fue crucificado pero los testigos de la resurrección se limitan a dos mujeres, algunos apóstoles y otros seguidores. ¿Por qué no se apareció al Sanedrín que lo condenó? ¿Por qué no se manifestó ante Pilatos? ¿Por qué no desapareció en la cruz ante la chusma que lo repudió?

En otras palabras, el sagaz Celso nos dice: “Todos lo vieron morir pero solamente sus secuaces lo vieron resucitado, ¿qué garantías tengo para creer?” A todo esto, objeta que quienes catequizaban en su tiempo decían: “O crees o mueres eternamente” lo que reputaba como argumento infantil.

He aquí algunos pasajes de la crítica de Celso:

1) La catequesis cristiana primitiva (siglo II d.C.)

“Vemos, efectivamente, en las casas privadas a cardadores, zapateros y bataneros, a la gente, en fin, más inculta y rústica, que delante de los señores de casa, hombres provectos y discretos, no se atreven a abrir la boca; pero apenas toman aparte a los niños, y con ellos a ciertas mujercillas sin seso, ¡hay que ver la de cosas maravillosas que sueltan!” (III, 55).

2) Los cristianos reclutan gente ignorante y acrítica:

 

Llaman solo a gente tonta y de condición servil (III,18, cf. I,27; III,50; VI,12-13). “El maestro cristiano anda en búsqueda de necios” (III,74).

“Cualquiera que sea pecador, cualquier insensato, cualquier niño pequeño y, en una palabra, cualquier miserable, a este lo aceptará el reino de Dios” (III,59).

Los cristianos afirman: “Dios fue enviado a los pecadores” (cf. III,62; Mt 9,11-13). Y ante esto Celso reacciona: “Pues qué, ¿no fue enviado a los sin pecado? ¿Qué mal es no haber pecado?” (III,62; cf. III,49; III,64); y “¿Qué mal hay en ser instruido y prudente?” (III,49). Los llamados son: “los tontos, plebeyos, estúpidos, mujerzuelas y chiquillos” (III,49). El motivo de esta actitud cristiana es clara para Celso:

3) Los cristianos recelan de la razón y la sabiduría: “Entre los cristianos se dan órdenes como esta: Nadie que sea instruido se nos acerque […] No, si alguno es ignorante, insensato, inculto o tonto, venga con toda confianza. Ahora bien, al confesar que tienen por dignos de su Dios a gente de este tipo, bien claramente manifiestan que no quieren ni pueden persuadir más que a necios, plebeyos, estúpidos, esclavos, mujerzuelas y chiquillos” (III,44).

No intento realizar la apologética de Celso ni convalidar su manifiesta animadversión hacia los cristianos; sólo  me conformaría con señalar una paradoja. De no haber sido por el ardor dogmático de Orígenes de Alejandría jamás hubiésemos conocido las críticas del médico romano ya que la obra “Discurso verídico” se perdió en los vericuetos del tiempo pero quedó lo que Orígenes reprodujo fielmente para refutar.

alejandro maciel



[1] Escribieron sobre los Ebionitas:

-Ireneo de Lyon, Contra las Herejías, siglo II d. C.

-Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, siglo III d. C.

-Justino Mártir, año 150 d. C.

-Orígenes de Alejandría.

[2] Origène, Contra Celse, Editions M. Bonet, París, 1976.

 LA VACA  Y   LA  LLUVIA

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La Vaca, la Vaca

Juega a las barajas.

 

La lluvia, la lluvia

Cae rubia y turbia.

 

La Vaca murmura

Su canción de cuna.

 

“Duérmete ternero

Hasta el seis de enero

Que vendrán los Reyes

Si no tienen fiebre”.

 

La lluvia de ayer

Deja de caer.

 

La del mes que viene

Pasa por un peine,

Se lleva el jabón

Con ella, al Japón.

 

La Vaca, la Vaca

Dice que está flaca.

Un fardo de heno

Le cae indigesto.

 

El hijo-Ternero

Nunca tiene sueño.

Se pasa las noches

Haciendo fantoches

Asusta a la Luna

Que es sola y es una.

Que si fueran dos

Tendrían razón.

Pero es una sola

Y llueve y se moja

Con mucha congoja.

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by: alejandro maciel

LOS EXCESOS DEL SEXO

EXCESOS  DEL  SEXO

 

 

 

Antes de iniciar este diálogo convendría fijar el marco semántico en el que se pueden encuadrar términos que sólo vagamente manejamos día a día en la emisión y en la recepción.

Palabras como sexo, obsceno, erótico, sensual, pornográfico definen un poco vaporosamente zonas en lo que hay implicancias genitales sin especificar claramente el monto de la misma y el costo del consumo, para hablar en términos de mercado, ya que están tan de moda.

El nunca bien ponderado D.R.A.[1] viene en nuestra ayuda a tratar de dar lustre y esplendor a la escasa ciencia de nuestras conciencias. Así, nos enteramos que:

 

Sexo: (del latin sexus) es la condición orgánica, masculina o femenina de animales y plantas.

¿Han visto cómo; cándidas lectoras, insidiosos lectores un inocente término botánico y zoológico genera tanto alboroto cuando aparece escrito?

 

Obsceno: (del latin obscenus: fuera de escena, impuro, deshonesto, sucio, infausto, feo) impúdico, ofensivo al pudor, lascivo.

Ahora tenemos un término originado en el teatro, antro que siempre ha sido sospechoso de tener comercios y tratos indignos con la condición masculina o femenina de los animales y plantas. Lo “obs-ceno” era lo que los grandes trágicos de la Grecia Clásica dejaban fuera de escena, lo que nunca se mostraba. Por ejemplo, en la Orestíada el errante Orestes asesina a Clitemnestra, su madre, asestándole cinco puñaladas. Esquilo consideraba que el crimen debía ser relatado ya que in escena sería ofensivo al pudor, sucio y feo como son todos los actos criminales que no elevan la moral social[2]. Por lo tanto se desterraba la acción ob-scena, fuera del ámbito del skene público donde deliberaban el coro, el protagonista y el antagonista. Degollar un personaje en ese recinto sagrado hubiese sido una profanación: no olvidemos que el teatro se originó en una liturgia. Ya ven, mis queridos congéneres, de la farándula saltamos al ámbito de la ética siguiendo siempre por la senda de la condición masculina o femenina de las plantas y animales.

Erótico: define lo perteneciente o relativo al amor sexual. Y ahí el diccionario de la R.A.E. ya me instala una duda: ¿no querrá decirnos que el amor sensual nunca nos pertenece y sólo es relativo? De los académicos podemos esperar cualquier cosa. En forma sutil, yo diría casi taimada, inyectan sospechas en nuestras pobres mentes dementes. No se olviden que habla de “amor sexual” y que sexual era la condición femenina o masculina de las plantas y animales. También dice que erótico es lo “que excita el apetito sexual” o dicho de otro modo, que despierta el hambre de la condición masculina o femenina de las plantas y animales. Pero disimuladamente introdujo el amor y si fuésemos a definirlo nos llevaría de la mano a Platón, san Agustín y el obeso Santo Tomás de Aquino,  que lo único que amó en su vida fueron pavos trufados, requesones, jamón y viandas que consiguieron hacer de él un pastor tan voluminoso que en la iglesia donde oficiaba hubo que cavar una medialuna para que santo Tomás, doctor de la Iglesia si los hubo, pudiese alcanzar el cáliz, la patena y las hostias sin atropellarlas con el vientre.

 

Sensual: se dice del gusto y deleite de los sentidos / Perteneciente o relativo al deseo sexual. De nuevo nos encontramos con algo nuevo: el deseo unido a lo sexual y ¿qué es el deseo?

 

Deseo: es el “movimiento hacia algo que se apetece” ¿y qué es lo que se apetece?: la condición orgánica, masculina o femenina de las plantas y animales.

 

Pornográfico/a: Personas que escriben acerca de  la prostitución. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas. Lamento informarles que tres de los cuatro panelistas somos pornográficos ya que hemos escrito un librito llamado “Prostibularias” que no versa acerca de misas y novenarios, sino acerca de un trabajo enfáticamente dedicado a la condición orgánica masculina o femenina de las plantas y animales.

Vayamos ahora al Diccionario literario:

PORNOGRAFIA (Del griego “pornee”: prostituta, y “grafein”: escribir)
Literatura de tema sexual rechazada moralmente. Dependiendo de las épocas y las costumbres, es difícil distinguirla del erotismo.

 

 

Ahora que ya sabemos más o menos lo que es sexo, vayamos a la literatura. Desde los primeros escritos de los patriarcas del A.T. el mismo monoteísmo que instala el concepto del pecado no puede evitar pecar al relatarnos ingenuamente que con tal de no quedar sin descendencia masculina un padre insemina sin ningún escozor moral a sus dos hijas saltando la barrera del incesto que es el único tabú universal que nos va quedando. Y eso lo relata el Génesis. Para no hablar del episodio de Sodoma donde Lot recibe la visita de dos ángeles que incitan la condición orgánica masculina o femenina de los sodomitas hasta organizar una horda o piquete sexual amenazando echar abajo las puertas de la casa de Lot si éste no entregaba a sus visitas para público regocijo de los sentidos. Lot por supuesto no cede. Propone entregar a sus hijas a la pública prostitución con tal de proteger la integridad de sus huéspedes. Pero  si las definiciones no engañan, “Pornográfico” es todo lo que se escribe sobre la prostitución y entonces al menos éste capítulo del Génesis tiene cierto tufillo porno que detestamos en las películas de la célebre Illona Staller pero leemos de rodillas en la catedral. El principio lógico de contradicción nos alerta. Pero sigamos, sin dejar de tener en cuenta el piloto encendido que dejamos atrás.

¿Por qué el finado Lot decide este canje? Primero, porque los huéspedes eran sagrados para la antigüedad, no como ahora que son prácticamente asaltados en cualquier ciudad de Italia o España por impúdicos hoteleros que cobran una fortuna por permitirles descansar una noche. Y segundo porque los forasteros no venían de Paraguay ni de Argentina; eran altos comisionados por la paz enviados por Yahveh, nada más ni nada menos. Eran ángeles y como tales, asexuados. No tenían la condición masculina o femenina porque ni eran plantas ni animales. Y no queremos ser irreverentes multiplicando los ejemplos pero el sentido común nos interpela: ¿acaso porque están escritos en la Biblia, tales hechos que los griegos no hubiesen permitido en un escenario, dejan de ser obscenos encerrados entre las dos tapas de los dos Testamentos? Claro, el Génesis no habla de penetración, si fue pro natura o contra natura, si hubo orgasmo o sólo fingidos gemidos como en las cintas XXX y entonces nos preguntamos ¿será que la alegoría de las descripciones anatómicas y fisiológicas hace a lo pornográfico? En tal sentido la literatura clásica grecolatina que repudiaba la representación visual de crímenes contaba con naturalidad toda forma de seducciones, apareamientos, regocijos genitales, fiestas y lo impúdico se refería casi siempre a los crímenes de gobierno de los tyranos, los doce césares o cualquier cuerpo colegiado que asumiera la vida y muerte de los ciudadanos.

Qué extraña perspectiva entonces, que para un pueblo resulte ob-sceno masacrar al prójimo y para otro el encuentro entre dos personas para regocijo genital.

Casi toda la obra de Hesíodo está plagada de pornografía y obscenidades si nos atenemos al vasto alcance de estas palabras: “Zeus, el padre de los dioses y los hombres urdía la idea de engendrar un defensor del mal para los hombres. Se lanzó desde el Olimpo meditando un engaño en su corazón ansioso por el amor de una mujer de bella cintura en la noche. Llegó al reino de Tifaonio, esa misma noche compartió el lecho y el amor de la reina Alcmena, la de los finos tobillos y cumplió repetidas veces su deseo. Esa misma noche volvió a su hogar Anfitrión, el esposo de Alcmena y subió al lecho con su esposa, ¡tal deseo dominaba su corazón! Como cuando un hombre escapa del dolor ocasionado por una terrible enfermedad, así Anfitrión, cumplido su duro trabajo con gozo entró en el lecho de su mujer, toda la noche estuvo acostado disfrutando de los dones del amor. Y ella, entregada a un dios y a un varón la misma noche dio a luz meses después dos hijos gemelos: Ificles, hijo de Anfitrión y Hércules, de Zeus. (Extraído de “El Escudo” de Hesíodo). Dioses que violan inocentes doncellas, muchachos, bestias de carga sobran en las narraciones de Homero, Hesíodo, Sófocles y Eurípides.

Dejando de lado lo obsceno, creo que no sería temerario afirmar que en Literatura los romanos fundaron la pornografía occidental.[3]

Petronio es autor de una notable obra de ficción, un romance satírico en prosa y verso titulado el Satiricón (c. 60), del cual se conservan algunos fragmentos. El Satiricón es el primer ejemplo de novela picaresca en la literatura europea, y puede considerarse el modelo de novelas posteriores.

 

El Satiricón ofrece una descripción única, y a menudo enormemente obscena y pornográfica, de la vida en el siglo I d.C. Pero, ¿qué podía hacer el pobre Petronio si la vida romana del siglo I era “enormemente obscena y pornográfica”? ¿Contarnos las aventuras de Blancanieves?  Ya vemos que aparece un vínculo entre ficción escrita y realidad social.

El episodio más famoso es el banquete de Trimalción, una descripción sumamente cruda de un banquete ofrecido por un nuevo rico y ostentoso liberto.

Veamos este ejemplo de Petronio excusándose ante una dama por no haber satisfecho el condumio sexual a causa de una súbita impotencia que en Roma también cundía como peste.

 

“Reina mía: tienes ante ti al reo que se confiesa culpable. Haré lo que me ordenes, busca un castigo que esté a la altura de mi crimen. Si decides mi muerte, iré con mi espada; si te bastan los azotes, corro desnudo a recibirlos; pero acuérdate tan sólo de una cosa, no fallé yo sino mi instrumento. Soldado dispuesto a la guerra no encontré mis armas a tiempo y venció el enemigo. No sé quién fue el aguafiestas, tal vez la imaginación se adelantó a la lentitud del cuerpo, tal vez la misma fuerza del deseo ahogó la pasión”.

Podemos seguir multiplicando los ejemplos de literatura erótica, obscena, pornográfica o sensual y fijando límites ficticios que sólo las convenciones humanas pueden canonizar. Si volvemos a recordar el origen griego de lo que es obs-skene lo que está debajo, detrás o fuera de la escena y no debe ser mostrado para evitar el escándalo público, que para el fino espíritu griego eran las degollinas y masacres entre padres e hijos; si ponemos el énfasis en qué se muestra y qué se oculta ya tendremos un pronóstico de lo que se considerará obsceno o pornográfico para una determinada sociedad.

Así como la prostitución ha sido considerada intrínsecamente inmoral porque mercantiliza el amor o la sexualidad; también la literatura decaería cuando su autor o autora incurre en minuciosas descripciones anatómicas y fisiológicas buscando exclusivamente el valor de mercado. Pero qué, quién y cómo define esto es lo que llamamos censura en otros tiempos.

 Históricamente la ambigüedad occidental con la anatomía humana produjo desnudos en catedrales y gente vestida en salas de arte. El cómo se muestra lo que se muestra no cambia lo que se muestra. Pero, se nos dice que hay jerarquías: Adán puede –y debe, es su obligación bíblica y moral- posar desnudo junto a Eva, pero ¿quién imaginaría a la Virgen en la misma situación iconográfica? La descripción cruda de un Sade equivale a esta profanación pero en el ámbito mucho menos abacial de una recámara como en la “Filosofía del tocador”. Y el caso de Sade considero que es central para el tema/anatema del Sexo y la Literatura. Sade estableció un modelo de vinculación entre el pensamiento como supuesta hipóstasis del espíritu y el yugo del cuerpo imponiendo las reglas del juego en la realidad. Se habla de obscenidad cuando hay escenas genitales explícitas que podrían haberse suprimido sin cambiar la esencia de una obra. Para Sade la esencia era el reconocimiento del otro a través de la genitalidad; o mejor aún  de lo más biológicamente instintivo: del erotismo y lo tanático, el orgasmo y el aullido de dolor, muchas veces unidos como las dos caras de una misma moneda.

Vemos un fragmento de “Justine, o los infortunios de la virtud” y pido, como en las películas serias a todas las personas impresionables que abandonen la sala si hay riesgos de asalto a vuestro pudor. Porque Sade asaltará y saltará sobre cualquier convención.

 

“Echando en la cama a las cinco jovencitas en posturas tan variadas como voluptuosas, le pusimos a cada una dos muchachos sobre el cuerpo. Por una inversión de todos los principios físicos propia del estado en que estábamos, introdujimos los penes más gordos en los culos y los más pequeños en las vaginas. Recorríamos los grupos, los animábamos, y el mayor placer de Olimpia era sacar cada pene de los caminos que recorría, chuparlos un momento y devolverlos a su sitio respetuosamente. Algunas veces, cuando los caminos estaban vacantes, bien fuese el del culo o la vulva, metía la lengua y lamía plácidamente durante unos minutos mientras aquel cuyo sitio había ocupado la penetraba por el ano. Yo estimulaba el celo de los combatientes con enérgicas palmadas hasta que un diligente sirviente me trajo un nervio de vaca con el que azotaba sin piedad las nalgas por turno y llegué a ensañarme hasta sacarle surcos de sangre a una de las muchachas que se entretenía lamiendo los cojones de un mancebo a quien también dejé marcas en la espalda”.

 

Párrafos más adelante el maestro da una lección a la huérfana Justine:

 

“Deja en paz a la justicia celestial, a sus castigos y recompensas venideras, todas esas tonterías de los escrúpulos no sirven más que para olvidarlas al salir de la escuela, o para matarlo a uno de hambre si se tiene la estupidez de creerlas. El poder de los ricos hace legítima la pillería de los pobres, querida hija. Tenemos que conseguir que sus bolsillos se abran a nuestras necesidades. Cuando en sus corazones reine la humanidad vosotros los pobres podrán darse el lujo de defender la virtud, pero mientras nuestro infortunio, nuestra paciencia, nuestro servilismo no sirvan más que para reforzar las cadenas con la que nos oprime la sociedad, nuestros crímenes serán obras de ellos. La naturaleza nos ha hecho nacer a todos iguales, si el destino se complace en perturbar este primer plan de las leyes generales está en nuestras manos corregir sus caprichos y en nuestra habilidad el poder usurpar a los más fuertes lo que nos quitaron antes de que naciéramos. Me gusta oír a esos ricos, a esos jueces, a esos magistrados predicando la virtud cuando no son acosados por ninguna necesidad. No los hurga el hambre, ni los apremios del alquiler, ni se les reclama trabajar como bestias. Para los pobres todo es distinto, deja en paz de una buena vez a esa bárbara  providencia a la que adoras como ídolo y te ha condenado a arrastrarte por el suelo como la serpiente en la hierba mirando con desdén nuestras desgracias.”

 

Se hablaba de lo pornográfico como un elemento gratuito en una obra literaria. Después de Sade es difícil encontrar nada gratis. Los límites entre la reflexión platónica e inmaterial del espíritu y la sedienta sedición de la carne se han borrado para siempre. Un autor o autora puede –y debe, si es honesto- prohibirse la autocensura mojigata y conversar con el bien y el mal al mismo nivel, porque en el fondo la obra necesita de la inocencia de un mundo recién terminado de construir y la inocencia, ya lo sabemos, no conoce las diferencias entre el bien y el mal moral. Sólo el extenuante ejercicio de la costumbre se lo irá enseñando con el tiempo. El erotismo y el misticismo participan de lo extremo. Uno de la pasión de lo tangible, el otro, de la carencia de sensaciones físicas pero ambos envueltos en el arrobamiento del trance; las sesiones del Marqués de Sade y los éxtasis de Santa Teresa tienen algo en común. El mismo Cantar de los Cantares establece este vínculo a través de una larga alegoría.

 

Vemos lo que escribió Norman Mailer en “Un sueño americano”:

 

“Hubo una explosión furiosa, traidora y caliente como en comienzo de una caída nevada donde la velocidad hace que se junten los tobillos con las narices, súbitamente perdí los sentidos y justo en ese momento todas las gamas de colores y dulzuras se me desataron y sacudiéndome empujé en su culo tan fuerte como si hubiese venido volando a través de la habitación. Ella lanzó un aullido de rabia. Su éxtasis le debe haber significado un feroz retorcijón”.

 

Ved, estimados parroquianos que si quitásemos la palabra “culo” todo el resto parece un salmo. ¿Acaso un simple término basta para travestir un texto de lo sagrado a lo obsceno? 

Veamos un fragmento de “Vox” de Nicholas Baker:

 

“Decidí que tenía que sacarme una fotocopia de la pija, bueno, no, dos fotocopias del pito, una antes de usarlo y otra después. Y dejar los documentos sobre su escritorio.

-¿Qué pretendías conseguir con eso?

-Bueno, quería que viese mi pija, pero claro, no iba a sacármela delante de ella así porque si. Me hacia falta cierta distancia… bueno, somos gente civilizada, la cosa no puede pasar del papel. Pero no te creas que es tan fácil fotocopiarse el pito. Es un deporte que se practica en oficinas, me consta, pero hay que ponerse a hacerlo para saber lo que cuesta. Primero tenía que conseguir algo parecido a una erección y ahí, delante de la fotocopiadora, en una oficina desierta no es tan fácil como parece. Me puse a pensar en ella mirando la fotocopia de mi pija el lunes próximo y diciéndose, caramba, qué tipo más tarado sin tener más remedio que mirarla y requete mirarla sin poder apartar los ojos de aquella imagen concreta de una pija retratada casi saliéndose del papel; y después la metía en algún archivo secreto donde pusiera en el rótulo “fotopila”. Así se me puso más dura y ahora había que colocar el órgano sobre el cristal de la máquina y cuando lo intenté, me faltaba un poco más de margen, ¿me entendés? Había que reducir un 70% para que apareciera todo el órgano”.

 

Vamos viendo que nos defendemos del pudor con el humor. Todo relato de la sexualidad casi siempre resulta cómico. Incita a la risa como forma solapada de desprestigiar la inquietud que provoca inevitablemente. Sabemos que pisamos terreno prohibido y que los autores naturalmente transgresores han abierto el mar antes que nosotros para enseñar que en el prodigio no hay milagro ni pecado. Georges Bataille, Oskar Panizza, Jean Genet, Henry Miller, Anaïs Nin ya profetizaron en la tierra de promisión y no se halló el pecado prometido, ni el anatema, ni la maldición de la serpiente. Ni llovió fuego y azufre. Encontraron un aspecto de lo humano que busca infatigablemente la intensidad en los sentidos, el vértigo de la verdad que no sólo aparece en libros sagrados. También está escrito en nuestros cuerpos.

 

Alejandro Maciel. 

 

 

 


[1] Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.

[2] Recordemos que “Educación” es todo aprendizaje individual que es socialmente útil.

[3] En Oriente las “Mil noches y una noche” como así también el “Kamasutra” parecen ser anteriores.

 

Culpa de los muertos

La novela de Alejandro Maciel “CULPA DE LOS MUERTOS” sale editada por Insula de los Libros, de Barcelona.

La novela está ambientada en la violenta década infame de los ‘70-’80 de la Dictadura militar en Argentina. Tiempo de desapariciones, represión del poder político, persecusión y exterminio de toda ideología. En la ciudad de Corrientes el rector de la Catedral se suicida de un tiro en la sien. Seis estudiantes de medicina son perseguidos por la policía, cinco “desaparecen” para siempre y sobrevive uno, que cuenta la historia de las capillas ardientes, la culpa de sobrevivir, las historias que inventa en el insomnio acunando a una sobrina. En toda la pesadilla ronda la muerte de una hermanastra en estado vegetativo que sobrevive a sí misma, a la violencia, a la indiferencia de tiempos de miserias políticas y de aturdimiento moral.

Cuando te pregunten ¿quién es el responsable de toda esta matanza?, diles muy calmo pero muy firme: “culpa de los muertos”. Ellos en su paz ya no se pueden defender y a ti te dejarán en paz con ellos. Ese es el catecismo del cementerio, hijo. No hay más preguntas. Corrientes, Argentina de los fines de los 70. Un grupo de estudiantes de medicina buscan las respuestas que los cadáveres en disección no pueden darles en los libros de Proudhon, Marx, Hegel. Las sirenas de los patrulleros gimen a medianoche. Un cura se suicida en la Catedral. Uno a uno van desapareciendo los estudiantes, capturados por la fuerza pública. Sobrevive Alex que desde el recuerdo de la pesadilla está narrando la historia de aquellos tiempos de sangre a un muchacho, hijo de diplomáticos que vino a la Argentina después del desastre. En el recuerdo se mezcla la historia de una fauna política que está detrás de los laberintos del poder, (una fábula que Alex cuenta cada noche a su sobrinita) que tiene algo de absurdo, de ironía, de burla a nosotros mismos. Un nonsense  que tiene todo el sentido que tiene la vida. Alejandro Maciel nació en Corrientes, es médico psiquiatra y vivió una década en Paraguay donde escribió esta novela. Ha editado “La salvación después de Noé”, Bs. As, 1990; “Los conjurados del Quilombo del Gran Chaco”À, Edit. Alfaguara, 2001; “El trueno entre las páginas”, Edit. Intercontinental, 2002; “Polisapo”À (cuento), Edit. Servilibro, 2002; “Polisapo en el camino” (teatro), Servilibro 2003; “Polisapito” (historieta sobre el cuento) Servilibro 2004; “Prostibularias-1”À (cuentos), Servilibro, 2004; “La Bruja de oro” (novela), Servilibro 2004; “La Gallina y el Dragón”, (novela) Servilibro 2005;  “20 poemas de humor y una canción disparatada”À, (poesías) Servilibro 2005; “Diários de um Rei Exiliado” (novela publicada en traducción al portugués) Edit. Landmark, Sao Paulo, 2005. También dirige la revista-libro “Palabras Escritas”, (un diálogo entre Brasil e Hispanoamérica), Edit. Servilibro, semestral, 250 páginas cada número. Actualmente reside en Buenos Aires. Membre du CRIMIC à titre principal (composante SAL), Universidad París IV, Sorbona.  À : obras en co-autoría.

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 PREFACIO

Culpa de los muertos se inscribe en la larga tradición de la escritura de la violencia en América Latina. Desde los cantares tristes de los poetas nahuas postcortesianos, los cuicapicque, recopilados en la Visión de los vencidos por el antropólogo e historiador Miguel León Portilla, que se interrogan “¿Adónde vamos?, ¡Oh amigos!…” y constatan abatidos lo acontecido en la conquista: “Y todo esto pasó con nosotros. / Nosotros lo vimos, / nosotros lo admiramos. Con esta lamentosa y triste suerte / nos vimos angustiados”, hasta la novela de la dictadura y del exilio, o las diversas escrituras confesionales, la palabra procura representar y así preservar en la memoria cultural el desgarramiento individual y generacional de la violencia política del continente. La literatura de la violencia tiene la tarea de “ponerle palabras hasta lo innombrable,” según nos dice el “Personaje” de Culpa de los muertos, mientras se recuerda “con dolor”, para parafrasear a Alejandro, el narrador autor, es decir, mientras se hace el trabajo del duelo.  

 

El relato de Alejandro Maciel envuelve al lector en un torbellino de voces que lo incitan a reconstruir un mundo narrativo que oscila entre la evocación de los setenta y la Argentina postcrisis del nuevo milenio. El principio dialógico que rige la novela lleva al lector a cotejar las conversaciones intergeneracionales entre Alex, el narrador, y un joven argentino recién vuelto al país y entre el narrador y su sobrina. Conversaciones que, a su vez, enmarcan otras como la de los amigos desaparecidos en la represión de Corrientes, el pensamiento de un torturador y sus conversaciones con un cura involucrado con el aparato represor, así como las pláticas del personaje y el autor que cuestionan la misma razón de ser de la escritura. De esta manera, Culpa de los muertos no escribe solamente sobre la violencia sino que cuestiona tanto la función de la escritura como la propia escritura de la violencia, es decir, las posibilidades de toda representación del terror. En las charlas tituladas “Sabotajes del personaje al autor,” el “Personaje” se rebela e irreverentemente denuncia el mundo caótico que construye la escritura; el autor lo rechaza explicando que con sus intervenciones “Cada vez que aparece, desaparece para el lector” y así hace hincapié en el papel asignado a una lectura comprometida en la novela.  

 

La gran vía de acceso a Culpa de los muertos es un poderoso estilo cuya garra y finura atrapan al lector en “Todos los excesos” de su escritura. Los retruécanos, las citas de versos y canciones, los juegos con la sintaxis y la puntuación, el ritmo exaltado que capta la aguda percepción del entorno de los personajes, el lenguaje de la literatura infantil de la fábula que el narrador le destina a su sobrina por las noches son, entre otros, algunos de los elementos que seducen y sumen al lector en la configuración imaginaria del mundo de la novela  

 Culpa de los muertos es también una vía de acceso descentrada a los setenta. La provincia de Corrientes es el centro de un relato que frecuentemente se narra desde el centro cultural y político de las naciones latinoamericanas, del lugar desde donde se irradia el poder de los aparatos del estado. Desde esta perspectiva de las márgenes, los grandes temas de la amistad, la historia, la memoria, la política y la violencia cobran una dimensión inusitada en una escritura consciente del lugar de su confesión y evidente en un implícito doble duelo por un tiempo y un espacio perdidos evocados desde el recuerdo en la ensimismada ciudad de Buenos Aires. No obstante, la evocación del pasado rebasa, como en la mejor tradición literaria, su inscripción magistral en la biblioteca sombría de la representación de la violencia y apela al poder desmitificador del humor y la risa. Culpa de los muertos encierra de esta manera las llaves del placer de la lectura.    

Jorge Carlos GuerreroUniversity of Ottawa