¿QUÉ SERÁ EL TIEMPO, SEÑORAS Y SEÑORES?
¿Por qué tendemos a pensar el tiempo como una línea continua en la que suceden batallas, reinados, revoluciones y presidentes? Esas fichas didácticas resultan cómodas para fijar mediante esquemas una sucesión de hechos que de otro modo sería caótica; vale decir que la comodidad pedagógica inventó los cronogramas y las sinopsis para evitar que olvidásemos el nombre de nuestros monarcas y gobernantes con las brillantes campañas bélicas que iniciaron en el pesado pasado.
Ese tiempo lineal aparece cuando pensamos el movimiento como algo que sucede afuera de nosotros y no deja de ser, según monsieur Bergson, una abstracción y la separa de la duración que es el tiempo acumulado en nuestro interior (desde los primeros lejanos recuerdos infantiles hasta que usted tomó esta página en sus manos) vivido como nuestro.
El tiempo lineal de los organigramas está troquelado en segmentos y unidades que pueden ser horas o siglos pero nada de nuestras vidas, sentimientos, recuerdos es divisible en unidades. No puedo decir “mi odio hacia los ataúdes se extiende de A hasta N” o fragmentar un recuerdo sólo de tal a cual parte. No está en el orden de la cantidad sino en el de la cualidad. Justamente usamos ese fósil tiempo objetivo como el testigo en las comparaciones bioquímicas: en medio de las variables que estudiamos algo debe permanecer estable para servir de referencia a la hora de los resultados.
Para Bergson el movimiento es lo único real, heraclidianamente se baña dos veces en el Ganges del pensamiento y comprueba que la quietud es ilusoria, que nada ni nadie conoce dicho estado perfecto[1] y que la “inmovilidad” que experimentamos es similar a la que se percibe cuando dos trenes viajan en paralelo a la misma velocidad y en el mismo sentido. Javier, que va en el tren A cree que César, que viaja en el tren B, está detenido. Lo mismo juraría César acerca de Javier. Ambos están equivocados. Ambos están en movimiento creyendo que un tren está paralizado en ese mecanismo tramposo.
Como lo denunció de un modo inquietante Zenón de Elea, cuando queremos medir el movimiento de la misma manera que medimos el espacio que recorren Aquiles, la tortuga (o ambos) convertimos la carrera en una paradoja porque si bien el espacio admite divisiones, fragmentaciones y lotes, el movimiento es un todo; existe o no existe, pero no podemos confundirlo con la velocidad, por ejemplo, que es una magnitud física.
Recordemos que monsieur Bergson aseguraba que sólo existe un presente perpetuo que contiene todo nuestro pasado y se mantiene íntegro siempre y cuando no recortemos un episodio determinado de su totalidad. Se me ocurre pensar en el primer recuerdo que guardo de la infancia: me veo viajando en la carrocería cerrada de una camioneta muy bien vestido y rodeado de niñas desconocidas, famélicas y harapientas: mis primas.
Hasta ese momento yo había vivido en la ciudad de Corrientes en una casa normal y con una madrina solterona que me cuidaba y vestía como si fuese su juguete. Repentinamente un hermano de mi madre quedó viudo y al cuidado de siete niñas. Mamá, que siempre creyó ser la samaritana evangélica, decidió acompañar a este tío que vivía en el campo, solo, viudo y con siete huérfanas. Todo eso lo supe después, porque a los cuatro años nadie me explicó qué hacía yo entre aquella ronda de niñas oscuras, huesudas y mal vestidas, dos de ellas de aspecto fosco, con los pelos filosos y renegridos y mucha cochambre. En algún momento sentí pánico. Mi madre iba adelante, en la cabina, no tenía ningún adulto que me cuidara en esa carrocería y no sé por qué pensé que esas horribles criaturas desaliñadas irían a devorarme crudo y vivo.
Cuando aislé del presente perpetuo bergsoniano esta viñeta del pasado destruí la unidad que es su condición, pulvericé la famosa duración. Jaco opone además otra objeción a la idea bergsoniana: si en ese presente perpetuo está incluido el pasado, queda anulada la historia ya que ese pretérito imperfecto deja de ser pasado para confundirse en forma anormal con un presente que tampoco sería un verdadero “ahora” si el pegoteo de Monsieur Bergson le injertó etapas que ya había superado: días, meses, años como un balance embustero de esos que falsifican los empleados de las grandes compañías para mortificar al directorio de la sociedad anónima.
(by)Alejandro Maciel
[1] Henry Bergson, Essai sur les données inmédiates de la conscience, París,PUF, 1948.
