LA MACULADA CONCEPCIÓN DE LOS EBIONITAS
En el primer siglo de la Era Cristiana (la “interna del Judaísmo” como llama mi amigo Humberto Rubín al Cristianismo) no tenía fronteras muy claras que separase ambas doctrinas. Un grupo de catecúmenos se refugió en Pella, a orillas del Jordán, cuando Tito sitió y destruyó Jerusalén en el año 70 d.C.
Esta secreta secta seguía acatando la Torah que es decir la Ley de Moisés, respetaba el sábado, se circuncidaba, creía que Cristo era el Mesías pero no que fuera Dios ni parte de Dios ni pariente de Dios ya que cualquiera de estas condiciones destruía el monoteísmo en el momento de aceptarse. Enseñaron que Dios había dividido el dominio del tiempo, he aquí el interés que cobra para nosotros que perseguimos esa idea; a Satanás le asignó el reino temporal y a Cristo, la eternidad. Se inspiraban en el texto original de Mateo escrito en arameo judeizante; repudiaban las leyendas acerca del nacimiento milagroso aceptando que Jesús era hijo de María con José o con un soldado romano y a partir de esa concepción la humanización de la Segunda Persona quedaba conforme a sus ideales. Si alguien les objetaba que Cristo se llamaba “Hijo de Dios” aceptaban que Dios lo adoptó durante el bautismo pero perdió esa condición en el momento de morir en la cruz. Rechazaban los tres evangelios restantes y detestaban al apóstol Pablo por ser apóstata, y no aceptaban la resurrección ni las promesas de vida perdurable. Por la pobreza de su doctrina Ireneo de Lyon, discípulo de Policarpo, discípulo del apóstol Juan los llamó “ebiones” que significa pobres. No se destacó ningún heresiarca en sus filas y para el siglo V d. C., no había noticias de ellos. [1]
EL APELLIDO DE JESÚS
Resulta interesante esta división divina entre el imperio del tiempo y el de la eternidad; ¿será que para los ebionitas Dios leyó a Platón, que distingue ambas cosas? Satanás, en razón de su dominio le ofrece el poder temporal a Jesús cuando está orando en el huerto. ¿Para qué aceptar la corrupción del tiempo si tenía en su poder la eternidad inmutable? Es sabido que Jesús lo rechazó. El cauto evangelista no dice por qué; nosotros que ahora sabemos lo que enseñaron los ebionitas podemos sospechar la causa del rechazo.
En el siglo II d. C. el médico Celso escribió un opúsculo “Discurso Veraz contra los Cristianos” en el que usa varios argumentos para sembrar sospechas en cuanto a la divinidad de Jesús; una de ellas es el nacimiento virginal que impugna aseverando que era hijo de un soldado romano llamado Pandera y el nombre civil de la Segunda Persona era “Jesús ben Pandera”. Nunca hubiésemos tenido noticias del Discurso Veraz (que se perdió) si el furibundo Orígenes de Alejandría no hubiese respondido escribiendo el alegato cristiano “Contra Celso”[2] en el que reproduce párrafos íntegros del escrito que combate. Por él sabemos que algunas de las objeciones de Celso son agudas y dejan en penumbras las respuestas. No olvidemos que Celso jamás negó la existencia real de Jesús, puso en duda su divinidad. Criticó a los seguidores de repetir constantemente que Cristo murió para cumplir profecías del A.T. y no ve milagro alguno en este hecho de obedecer escritos más antiguos como quien continúa la escritura de un acta y debe ajustarse a los ítems ya asentados. Segundo, si verdaderamente hubiese sido Dios, tendría que haberse salvado de una muerte infamante que en nada beneficia a Dios ni a los hombres, señaló. Y otra observación sutil: ¿Por qué no resucitó como murió, ante una multitud? Todos pudieron ver que era azotado, que arrastró la cruz, que fue crucificado pero los testigos de la resurrección se limitan a dos mujeres, algunos apóstoles y otros seguidores. ¿Por qué no se apareció al Sanedrín que lo condenó? ¿Por qué no se manifestó ante Pilatos? ¿Por qué no desapareció en la cruz ante la chusma que lo repudió?
En otras palabras, el sagaz Celso nos dice: “Todos lo vieron morir pero solamente sus secuaces lo vieron resucitado, ¿qué garantías tengo para creer?” A todo esto, objeta que quienes catequizaban en su tiempo decían: “O crees o mueres eternamente” lo que reputaba como argumento infantil.
He aquí algunos pasajes de la crítica de Celso:
1) La catequesis cristiana primitiva (siglo II d.C.)
“Vemos, efectivamente, en las casas privadas a cardadores, zapateros y bataneros, a la gente, en fin, más inculta y rústica, que delante de los señores de casa, hombres provectos y discretos, no se atreven a abrir la boca; pero apenas toman aparte a los niños, y con ellos a ciertas mujercillas sin seso, ¡hay que ver la de cosas maravillosas que sueltan!” (III, 55).
2) Los cristianos reclutan gente ignorante y acrítica:
Llaman solo a gente tonta y de condición servil (III,18, cf. I,27; III,50; VI,12-13). “El maestro cristiano anda en búsqueda de necios” (III,74).
“Cualquiera que sea pecador, cualquier insensato, cualquier niño pequeño y, en una palabra, cualquier miserable, a este lo aceptará el reino de Dios” (III,59).
Los cristianos afirman: “Dios fue enviado a los pecadores” (cf. III,62; Mt 9,11-13). Y ante esto Celso reacciona: “Pues qué, ¿no fue enviado a los sin pecado? ¿Qué mal es no haber pecado?” (III,62; cf. III,49; III,64); y “¿Qué mal hay en ser instruido y prudente?” (III,49). Los llamados son: “los tontos, plebeyos, estúpidos, mujerzuelas y chiquillos” (III,49). El motivo de esta actitud cristiana es clara para Celso:
3) Los cristianos recelan de la razón y la sabiduría: “Entre los cristianos se dan órdenes como esta: Nadie que sea instruido se nos acerque […] No, si alguno es ignorante, insensato, inculto o tonto, venga con toda confianza. Ahora bien, al confesar que tienen por dignos de su Dios a gente de este tipo, bien claramente manifiestan que no quieren ni pueden persuadir más que a necios, plebeyos, estúpidos, esclavos, mujerzuelas y chiquillos” (III,44).
No intento realizar la apologética de Celso ni convalidar su manifiesta animadversión hacia los cristianos; sólo me conformaría con señalar una paradoja. De no haber sido por el ardor dogmático de Orígenes de Alejandría jamás hubiésemos conocido las críticas del médico romano ya que la obra “Discurso verídico” se perdió en los vericuetos del tiempo pero quedó lo que Orígenes reprodujo fielmente para refutar.
alejandro maciel