¿No será un demonio, lo que le chuzó el pecho a la Señoa?
Más demoníacos que mis administradores, no hay nada, Sacramento. Esa trinidad de don Pantaleón, Poncio y don Lucho debería gobernar el Pandemonium.
¿Qué lugar es, Señoa?
La capital del Averno.
¿Qué son lo diablo y dónde están?
Ay, Sacramento, alcanzáme el libro grande, el de tapa morada, del basileo. Te voy a enseñar lo que me contaron del Infierno.
Yo no quiero mirar, Señoa. Hay un diablerío por toda parte.
Más hay en el mundo. En estas “Cartas de la Noche” un tal Jean Wier censó los siete millones cuatrocientos cinco mil novecientos veintiséis demonios reclutados. Es como un organigrama del Báratro.
¿Tanto diablo suelto?
Hay mil ciento once legiones patrullando la tierra día y noche, para arrasar el bien allí donde prospere, dice el basileo. Pero a estos helvecios hay que creerles a medias. Y a los basilienses, la mitad de media, de manera que nuestro Wier tiene un cuarto de crédito. Vamos a leer un poco. Acá dice: “demonios hay muy aviesos, entrenados en el deporte del mal, que se cuelan por las rendijas del alma para perjudicar a los cristianos”.
No entienda nada.
Ya sé. Hay que traducir. Las palabras de estos ocultólogos son enrevesadas, confusas, embrolladas. Esconden más de lo que nombran. Mienten más de lo que mentan. ¿Dónde se ha visto que el alma tenga grieta, fenda o ranura? Un alma con puerta ya está muerta, se escaparía ella misma por el umbral. Se dejaría vacía. El alma no tiene resquicios, sólo tiene vicios.
¿Entonce miente el gringo?
No. No miente. Quiere llegar a la verdad por el camino más largo. Está diciendo que una debilidad de nuestra parte, un descuido infeliz o demasiada confianza, puede abrir las puertas del Infierno y dejar pasar los diablos.
El Infierno tiene una población, y censo. Según el basileo Jan Wier (siglo XVII) la demografía demoníaca tiene varias castas del mal…