CONFUSIONES SENTIMENTALES
“El amor era un león hasta que el catecismo judeocristiano lo convirtió en un perrito faldero”.
Oskar Panizza.
Empecemos, cauta lectora, promisorio lector, empecemos por la semántica aclarando términos. Como la palabra “amor” ha sido usada hasta el abuso, propongo llamar “pasión” a lo que me voy a referir.
¿Puede durar una pasión más allá de su consumación? La pasión carnal, la sensualidad, el resplandor de un cuerpo que nos seduce (nunca me sedujo un alma…) perdura una brevedad y después, como las llamas de una quemazón, lentamente se extingue. Pero resulta que por un “quítame estas pajas” la religión monoteísta proveniente de un desierto decidió atar en un vínculo eterno el destino de dos personas como si fuesen bestias de tiro uncidas en yuntas. Entonces resulta que la mutua simpatía que se profesan un hombre y una mujer, por obra de un rabino, un cura, un pastor, un pope o un imán, se convierte en un vínculo sagrado, indisoluble, perpetuo y condenatorio. Si la convivencia se hace insoportable no quedará más remedio que aprender a tolerar los rigores con la paciencia de Job ya que de separarse, ni el imán, ni el pastor, ni el Papa ni el pope consentirán un segundo matrimonio.
El vínculo matrimonial constituido en base a intereses materiales desde la antigüedad (cuando las novias se compraban o vendían) pasó a revestirse de romanticismo a partir del veleidoso siglo XVII en nuestra civilización. La exaltación del yo, el individualismo y el narcisismo nacieron juntos con el ideal del amor romántico. Novelas de toda ralea crecieron a la vera de la ruta nupcial intentando demostrar que “el amor lo puede todo” y que impedir a dos amantes consumar su matrimonio era tarea de tarados. En el siglo XIX muchos autores ya percibieron el craso error, entre ellos Flaubert con “Madam Bovary” donde describe las angustias de Ema atrapada en un matrimonio indeseado por el cual termina empujándose al suicidio. Los culebrones centroamericanos perpetúan esta tradición romántica en la TV actual. Matronas respetables, señores agostados, mujeres en la flor de la edad y hasta adolescentes siguen diariamente las peripecias de una sirvienta enamorada del hijo del patrón a quien una orquesta de seres malvados hace sufrir hasta los confines de la humillación. Este viacrucis del ascenso social morganático está viciado por la mirada oblicua de la lucha de los sufridos amantes pero olvida que después de la boda ansiada llega la convivencia, el hastío, la rutina, las discusiones, muchas veces el adulterio mono o bilateral y todo termina en el divorcio tan temido por los hijos que resultan botines de la guerra o rehenes involuntarios de las pasiones que vuelven a instalarse con signo contrario; allá donde los unía un deseo ardiente de estar juntos acá los fustiga el odio, las mutuas recriminaciones, las acusaciones y los abogados que terminan llevándose la parte del león de la contienda marital. “Nos habíamos amado tanto” queda como resumen que los hijos aprenden como el abecedario, y esa enseñanza los vuelve más prudentes que sus padres a la hora de convivir con un desconocido firmándole un contrato de por vida frente a un cura, un juez y los padrinos.
Cuando mis contemporáneos ven con escándalo la costumbre de “ir a vivir juntos sin casarse” de muchos adolescentes yo celebro el progreso de la raza que evidentemente aprendió la cautela que a los padres nos faltó. Es sabia la medida de mantener a los abogados bien alejados de las cuestiones familiares: no están para componer nada, la función de la mayoría de los letrados, como la de la AFIP, estriba simplemente en alejarnos de nuestros números, restarnos ceros a la derecha y confiscar nuestras cuentas bancarias.
Enero 2010.
Alejandro Bovino Maciel